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miércoles, 13 de mayo de 2009

Julián Sánchez “El Charro”. La Leyenda II.

Una de sus primeras acciones consiste en atacar un convoy francés en las inmediaciones de Vitigudino. Toma cinco prisioneros. Al día siguiente y sin darles descanso, sorprende a los galos en el puente de Yecla, tomando otros quince prisioneros.

Tras estos dos primeros triunfos, se suceden uno tras otro los ataques sorpresivos contra las líneas de comunicación francesas, las caravanas, y los destacamentos hasta el punto de que el nombre de Julián Sánchez se oye ya en los cuatro puntos cardinales de Salamanca.

Cualquier intento de penetración en los dominios de "El Charro" (nombre por el que empieza a ser conocido en la guerrilla española) por parte de los franceses tiene todas las de perder.

Cada vez que un regimiento galo trata de atravesar los campos salmantinos para enlazar con uno u otro frente, el pánico se apodera de la tropa.

Se refuerzan los efectivos, para escoltar los transportes entre Portugal y España, de vital importancia, y se dobla la atención ante el miedo de ver aparecer entre la espesura de los encinares, la silueta de unos jinetes vestidos con traje charro armando la garrocha para atacarles.
No les verán nunca. Julián y sus hombres vigilan sus movimientos en la invisibilidad más absoluta., sobre la grupa de sus corceles.

Los franceses han cometido dos errores. Por un lado, hacer frente a un hombre con una preparación militar previa que se bate en su terreno, que conoce sus secretos, y que juega a la guerra de la misma manera que si estuviese gobernando una manada de toros. Los ternerillos galos son sometidos continuamente al acoso y derribo de los charros.

Por otro lado, los franceses jamás debieron cruzar la línea. Internarse en La Charrería les costará la vida.

La fama de Julián Sánchez se acrecienta día a día. En poco tiempo sus hombres forman ya un grupo de 80 voluntarios que cabalgan vestidos a la usanza del país.

Recorre los campos y sierras de Salamanca, atacando y persiguiendo franceses. Al tiempo que recluta hombres por los pueblos y aldeas por los que pasa.

Pregunta y se interesa por los mejores jinetes de cada localidad, los más expertos y diestros en el manejo de la espuela, la brida y la garrocha. Para ello cuenta con mayorales, mozos de vacada, ganaderos, e incluso arrieros ordinarios (se les llamaba "ordinarios" por ser de mensajería urgente, y normalmente llevaban el correo entre localidades distantes. Acostumbrados a cruzar la provincia a toda velocidad, y conocedores de los mejores atajos y cañadas para ganar tiempo).

Para ello, prueba y evalúa a los hombres, quedándose solo con los mejores. Cada uno porta su caballo, se les provee de una garrocha y se les hace evolucionar sobre el caballo para examinar su destreza. Mira detenidamente como galopan con y sin estribos, como cambian de mano en la diagonal, como giran a la media vuelta, como miden el reprís, y como se inclinan sobre la montura. Escoge a los que más le gustan y los une al grupo guerrillero.

No tarda en acumular una partida que pasará a llamarse de "Los Doscientos de Don Julián", que se adscribe al cuerpo comandado por el general inglés Wilson, pero con autonomía propia, llevando a cabo sus propios métodos y su propia filosofía.

Parten en sus correrías de los cuarteles generales de las Sierras de Francia, Gata y Béjar que Wellington ha dispuesto de manera longitudinal.

Poco tiempo después, el número de guerrilleros se hace tan grande que pasa a denominarse Regimiento Ligero de Lanceros de Castilla, y por último acaba constituyendo la Brigada de Don Julián. Nombre con que el ejército lo denomina a partir de 1810.


Sitio de Ciudad-Rodrigo por los franceses, en 1810. El Regimiento Ligero de Lanceros de Castilla ataca por sorpresa las baterias francesas. Lo manda el Teniente Coronel Don Julian Sanchez "El Charro".

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