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domingo, 17 de mayo de 2009

Julian Sanchez "El Charro". La Leyenda III

Sitio de Ciudad Rodrigo por los Franceses, primavera del año 1810

Comenzado el Asedio a Ciudad Rodrigo, a pesar de los consejos de Andrés Pérez de Herrasti, al día siguiente, un grupo de garrochistas charros salen de la ciudadela a galope tendido por iniciativa propia. Son Don Julián y sus hombres, que sorprenden a los franceses causándoles graves bajas y obligándoles a levantar el campamento, para después regresar rápidamente al interior de las murallas de Ciudad Rodrigo, apoyados por soldados de infantería que han salido a cubrirles.

Ney comprende la inutilidad de su artillería para batir la ciudad y se retira temporalmente a San Felices de los Gallegos.

Engallado don Julián, sale con sus hombres (que en este momento ya son 340) en persecución y hostigamiento de los franceses. Los humilla varias veces en La Fuente de San Esteban, La Moralita y Las lagunas del Cristo. Los franceses se han equivocado: para desenvolverse en ese terreno hay que ser o toro o charro. 17 franceses muertos, 84 prisioneros (incluido el único oficial que quedó con vida) y 62 caballos.

El 25 de Abril, el ejército francés se dispone a proseguir el interrumpido bloqueo a Ciudad Rodrigo.
Los franceses avanzan muy lentamente en sus posiciones hacia la ciudad. Y es que El Charro no cesa de atacar a los destacamentos y avanzadillas francesas. Todos los días salen por las puertas de Ciudad Rodrigo una partida de jinetes, y a la caída del sol regresan aclamados por los mirobrigenses al verlos llegar por los horizontes sanos y salvos, altivos y erguidos sobre los caballos y con las casacas de los franceses pendiendo de las garrochas.

El día 30 de Abril, con 120 jinetes atacan una columna francesa formada por 200 Dragones de la Guardia Imperial y 150 Tiradores, haciéndoles retroceder.

Andrés Perez de Herrasti obliga a Julián y sus hombres a abandonar Ciudad Rodrigo ante el cariz que estaba tomando el asedio. De mala gana, Julián y sus 260 garrochistas supervivientes salen de la ciudad y se dirigen hacia las inmediaciones de Segovia del Doctor, para llegar a Ledesma donde tendrán que unirse a las tropas del general español La Carrera. Para romper el cerco francés que les impide salir, cruzan la dehesa de Hernando sorprendiendo a los galos nuevamente y quebrantando sus líneas.

Una vez en Ledesma, junto a La Carrera, le llega a Julián el nombramiento de Coronel para encargarse del mando de todos los ejércitos guerrilleros que operaban entre el Tajo y el Duero. Bajo sus órdenes están ahora partidas como las de "El Cura Violado", Vicente Olivera, etc. En total suponen 700 jinetes, unos 1000 de a pie y dos cañones.

En su ausencia, Ciudad Rodrigo cae en poder de los franceses, después del largo asedio.

En esta nueva etapa, se suceden varias victorias: un combate en Muñoz donde tras varias horas de lucha derrotan a un fuerte destacamento francés, los ataques a la plaza de Almeida y sobre todo la acción de Fuentes de Oñoro, donde entre los días 3 y 5 de mayo de 1811 los lanceros charros persiguen y aniquilan las columnas francesas tomando 105 prisioneros.
Desde la acción de Fuentes de Oñoro y hasta la llegada de Marmont y Dorsenne a Ciudad Rodrigo, el 13 de septiembre, don Julián se bate el 23 de mayo en el Cristo de la Laguna. También lo hace por San Muñoz y Cabrillas atacando un convoy protegido por cuatrocientos cincuenta de Infantería a los que infringe unas pérdidas de trescientos setenta muertos, heridos y prisioneros. Y otras acciones de menos valoración pero sin embargo de gran interés.
El 15 de octubre con dos compañías de lanceros toma prisionero al general Reynaud, gobernador militar de Ciudad Rodrigo, y mediante una maniobra de destreza vaquera se apodera de más de 500 cabezas de ganado que tenían los franceses en aquellas inmediaciones. Alertados los galos, salió la caballería en persecución de don Julián, el cual contando con esa reacción, les sorprende una vez más infringiéndoles una muy grave derrota.

Anécdotas recogidas por los cronistas de la época aparecen muchas.

Por aquellas fechas, Salamanca continuaba ocupada por las tropas francesas, al mando de Dorsenne.
El día de San Pedro era costumbre acudir a una romería en el Zurguén, en la zona extramuros de la ciudad, junto al rio, que se amenizaba con bailes y juegos, con que
sobrellevar el estado anímico de la población.

A pesar de las advertencias de Julián Sánchez, varios guerrilleros charros con familiares y amigos en Salamanca quisieron acercarse hasta el lugar para departir con sus paisanos y compartir el ambiente festivo. Así lo hicieron. Cuando la multitud vio acercarse a los jinetes, se hizo el silencio y acto seguido estalló el alborozo. Rápidamente corrió la voz entre los soldados, algunos de los cuales habían acudido a la festividad y temieron que se tratase de una avanzadilla de los hombres de Julián Sánchez dispuestos a atacarles.
Los jinetes, que no eran más que cinco, descendieron del caballo, y manteniendo sujeta la brida charlaron con sus paisanos durante un rato. Al escuchar tambores y clarines avisando a la tropa para echarse a las armas, volvieron a montar y se despidieron lanzando vivas a Salamanca. Alejándose al paso, se deshicieron con la garrocha de algún soldado francés interpuesto en su camino y desaparecieron en el horizonte por el camino de Rollan. Cuando la primera columna francesa acudió al lugar, encontraron a la población enardecida y fuera de sí dando vivas a Don Julián Sánchez y a Salamanca. Estos eran los nombres de los cinco jinetes:
ANDRÉS SÁNCHEZ, de Vilvis;

BALTASAR SÁNCHEZ, de Ruelos;

ANGEL PÉREZ, de Rollán;

BALTASAR MOÑITA, de Monterrubio de la Sierra

AMBROSIO GASCÓN, de la Sierra de Francia

Todavía hoy en día, pueden escucharse en algunos pueblos de Salamanca personas que guardan como un tesoro familiar la historia que vincula a alguno de estos nombres como antepasados suyos.

Espectacular es también aquella anécdota en la que Julián Sánchez habiendo perdido el caballo en una refriega contra los franceses es avisado de que el caballo ha sido regalado como botín de guerra al propio Dorsenne en persona, gobernador militar de Salamanca, el cual se regocija ante el hecho de montar sobre el corcel del héroe de la población salmantina, al que veneran como a un Mesías.

Julián se presenta en Salamanca de incognito, y cuando Dorssene pasa revista a las tropas en el puente, a lomos del caballo, éste sale de entre la muchedumbre asistente y se precipita sobre el jinete. A la voz del amo el caballo inicia una vertiginosa carrera por el camino de Ciudad Rodrigo. Al poco rato Julián se deshace de Dorsenne arrojándolo de la montura a la altura de la Pescantía, mientras los franceses lo persiguen incapaces de alcanzarle ante su endiablada velocidad sobre la grupa.

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