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domingo, 23 de agosto de 2009

Lunes de Aguas II
Dicho y hecho, a partir de este edicto, las prostitutas de Salamanca abandonaban la ciudad antes de comenzar la Cuaresma y el tiempo de abstinencia, y desaparecían de ella de manera temporal, recogiéndose en algún lugar al otro lado de rio Tormes.
Pasada la Semana Santa y con ella el periodo establecido, las rameras regresaban a Salamanca el lunes siguiente al Lunes de Pascua, para lo cual los estudiantes organizaban una grandísima fiesta, las calles de Salamanca se trocaban en torrentes de vino tinto, y salían a recibirlas a la ribera del Tormes con gran júbilo, estrépito y alboroto. Ellos mismos se encargaban de cruzarlas en barca de una orilla a otra del rio, y en medio de una gran algarabía llegaba el descontrol, el éxtasis etílico, el desenfreno y la carnalidad, acometiendo allí mismo lo que sus instintos reprimidos durante un mes y medio les pedían en ese momento. La gran orgía estudiantil a orillas del rio, culminaba siempre con un gran remojón colectivo, con los asistentes al evento - rameras y estudiantes- completamente ebrios.
De conducir a las meretrices y pupilas tanto a su exilio temporal, como a su aclamado regreso se encargaba un pintoresco personaje. Un sacerdote picarón llamado Padre Lucas, y que por degeneración del término, era conocido por los estudiantes por el nombre de Padre Putas. El cual se encargaba de concertar el momento del advenimiento carnal de estudiantes y doctoras de la cátedra del placer.
Fiestas como esta y con muy semejante cariz hubo muchas en la historia de Salamanca, como la fiesta del Obispillo en la que un estudiante vestido de mamarracho representaba la figura de un obispo, y era llevado entronizado, en procesión por las calles de Salamanca, escoltado por toda una cohorte de estudiantes vestidos de fraile completamente borrachos. Una muchedumbre estudiantil embriagada bailaba, cantaba y saltaba tras él al paso que marcaba la procesión burlesca, que ridiculizaba al clero y a la iglesia. Llegados a uno de los recintos académicos (normalmente el Patio de Escuelas Menores), coronaban al mamarracho ebrio, y declamaban una ceremonia enteramente en latín, con un discurso lleno de obscenidades en dicha lengua, ante la enfervorizada masa de estudiantes. El vino y lo carnal corrían a raudales ese día, y los clérigos trataban de ocultarse en sus casas, en una juerga que duraba desde por la mañana hasta el día siguiente.
Esta fiesta fue prohibida por indicación del Santo Oficio, que no admitía tanta permisividad. Y al igual que ésta, muchas otras de similares rasgos.
La fiesta del Lunes de Aguas debió de ser igualmente prohibida, pero sin embargo, ha permanecido en el calendario festivo salmantino con otras connotaciones no tan desenfadadas. La memoria colectiva del pueblo ha ido conservando tal fecha, como un poso o un remanente de aquella en que afloraba el fervor pagano.
En la actualidad, el Lunes de Aguas se celebra en familia o en compañía de las amistades, que se reunen para ir a merendar al campo o pasar una jornada campestre, con un clima de ociosidad, esparcimiento y diversión. Y que hasta hace no mucho, servía también como desahogo de los estrictos ritos de la Semana Santa, época de recogimiento y hastío.
A pesar de ser una fiesta que emana del cosmopolitismo salmantino, se celebra hoy en dia en toda la provincia sin excepción.
Es costumbre durante ese día degustar el hornazo, una empanada hecha a base de chorizo, lomo, etc., y en ocasiones también huevo duro. Alimento que amasan, y cuecen en las tahonas las mujeres en los días precedentes a tal fecha, sobre todo en el medio rural, aunque también se ha industrializado su elaboración en cierta medida, y es posible adquirirlo en cualquier establecimiento dedicado a la pastelería.

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