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miércoles, 3 de marzo de 2010


Mitos y Leyendas de Salamanca

El indestructible Cristo de Cabrera

Hay lugares donde una vez al año el fervor popular se aglutina en un singular foco de espiritualidad. Las romerías se convierten así en epicentros de la devoción humana por inexplicables sentimientos que trascienden lo racional, en un impulso interior capaz de vencer cualquier adversidad con una ínfima pizca de voluntad.

En la provincia charra, se conjuga la tradición sagrada con la costumbre profana, un complemento de fervor y recreo campestre que atrae a las multitudes hasta diversos parajes salmantinos donde heterogéneas congregaciones de peregrinos exteriorizan su pasión por una imagen cristiana y los transforman en auténticos centros ecuménicos. Es el caso del Cristo de Cabrera, que cada 18 de junio congrega a decenas de miles de personas llegadas desde cualquier punto de la geografía charra, e incluso de zonas fronterizas de Zamora, Ávila y Cáceres. Una talla cuya veneración es directamente proporcional al misterio de algunos pasajes de su ajetreado transcurrir, elementos fantásticos que engrandecen la historia de un Cristo protagonista hoy de un nuevo capítulo de esta serie dominical sobre los mitos de la provincia de Salamanca.
Cuenta la leyenda que junto a la Sierra de Dueña, entre encinas y robles, un pastor encontró en el hueco de una encina la imagen de un Cristo. La talla era de tal proporción que no pudo sacarla, por lo que decidió llamar a unos labradores de la zona para poder transportarla hasta Llen, hoy día anejo del término municipal de Las Veguillas pero antaño principal núcleo de población de la zona incluso con un palacio. Tras ser colocada en un carro con bueyes, al pasar por la dehesa de Cabrera los animales se detuvieron en seco. De repente, ya no avanzaban más. Cual pesados berruecos, indescifrablemente permanecían anclados a pesar de los interminables esfuerzos de los campesinos por moverlos al menos un metro. Hastiados de valdíos intentos, la fatiga despejó sus mentes para comprender que el Cristo no deseaba otra cosa que permanecer allí por el resto de la eternidad y así surgió la ermita de Cabrera para rendirle culto.
La historia se difundió por los cuatro costados de la piel de toro. Tal es así que durante décadas un ermitaño permaneció junto al santuario, recibiendo limosnas de hasta 180 reales, una vivienda que a la vez era hospedería de peregrinos y romeros que, intrigados por la milagrosa imagen, acudían en masa sin cesar. Su fama trascendió fronteras y el Cristo de Cabrera comenzó a recibir innumerables visitas en busca de una ayuda celestial para aquellos problemas a los que el hombre no halla solución alguna en su corta racionalidad terrenal. Miles de personas buscaban amparo en esta majestuosa talla de vastas proporciones, y a fe que serían concedidos sus deseos porque el flujo de peregrinos se multiplicaba cual panes y peces. Y sobre todo por las alhajas que eran depositadas a cambio. Las romerías eran cada vez más tumultuosas, con celebración de capeas de toros en la plaza cercana a la ermita, llegando en el siglo XVIII a un total de 138 toros, 51 novillos, ocho vacas y una novilla.
Pero el miedo y la ignorancia son dos poderosas armas que, cuando se unen, son capaces de atacar lo más sagrado. El Cristo de Cabrera no fue una excepción. Durante la Guerra de la Independencia, los franceses saquearon Las Veguillas en su huida despavorida tras la Batalla de Los Arapiles en octubre de 1812. Varios grupos de soldados napoleónicos robaron provisiones y dinero de la iglesia, y lo mismo hicieron en Cabrera, de donde se llevaron sesenta reales y treinta maravedíes. Cuando se marchaban con el botín repararon en el Cristo. Allí estaba. Imponente. ¿Realmente era capaz? ¿Realmente cumplía los deseos de los lugareños? ¿Acaso había accedido a sus súplicas contra el invasor francés? Las preguntas se sucedían sin cesar en las retorcidas mentes gabachas y la semilla del mal hizo crecer en sus entrañas el deseo de destruir al Cristo y con él a su ermita. Cuentan los más viejos del lugar que los soldados intentaron quemar la talla una y mil veces, pero la madera no ardía. La prendieron de todas las maneras posibles. Pero nada. La llama se apagaba al instante. Asombrados y atemorizados, los franceses corrieron como alma que lleva el diablo y no regresaron jamás.
Dos años después se recompuso la ermita, una obra que costó más de 3.500 reales, se retomaron los acontecimientos taurinos y la romería del Cristo de Cabrera se transformó en lo que hoy es la manifestación religiosa más importante de la provincia. Miles de personas incluso se desplazan andando desde la capital para demostrar su fervor por una imagen tan enigmática como atrayente, con una misteriosa mirada que embelesa en el silencio de una acogedora ermita donde el tiempo es capaz de detenerse hasta el infinito.
Raúl Martín 14/06/2008
Tribuna.net

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