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sábado, 4 de diciembre de 2010

La Ruta de los Castillos (y IV): los últimos vestigios señoriales
Repaso en una pequeña serie de cuatro capítulos los entresijos de los testigos mudos de la historia que todavía permanecen en pie en la provincia charra 
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El cuarto capítulo de este recorrido por los castillos y fortalezas de la provincia de Salamanca nos conduce hasta los últimos vestigios señoriales, con Villares de Yeltes, El Cubo de Don Sancho, Calzada de Don Diego, Ledesma, Topas y Cantalapiedra.
El poder siempre aliena al ser humano. Donde hay una persona con dominio, hay otra subyugada o a su servicio. La historia de España está repleta de ejemplos de cómo unos pocos podían controlar a muchos con apenas mostrar ínfimos signos de superioridad que atemorizaran y generaran en el prójimo un sentimiento de inferioridad difícilmente superable.
Durante la Edad Media, nobles y señores feudales manejaron a su antojo a la plebe hasta coartar sus derechos más fundamentales. Como prueba de su poder, edificaron castillos, fortalezas y torreones donde residir y demostrar des un nivel superior quién estaba por encima de quién.

Villares de Yeltes: hospedería de las tropas y escondite de secuestros
El oeste de la provincia de Salamanca siempre fue campo de batalla. Su condición fronteriza con volubles límites entre los reinos de España y Portugal propició durante finales de la Edad Media y toda la Edad Moderna que las llanuras y terrenos escarpados que se entrelazan junto a la Raya acogieran diversas contiendas bélicas. No es de extrañar, por tanto, la existencia de castillos, fortalezas y torreones a lo largo de toda la frontera desde norte a sur, utilizados por las tropas de los ejércitos contendientes en su avance y retroceso fruto de los avatares de la guerra.
Con el inicio de la repoblación en el oeste salmantino a cargo del rey Fernando II, la localidad se encuadra en el alfoz de Ledesma, por lo que inicia un período de progreso que la convierte en próspera, siendo anhelada por nobles, órdenes eclesiásticas y cabildos, a quienes rindió tributos hasta casi nuestros días. Esta codicia provocó continuas disputas sobre la delimitación de tierras entre los obispados de Salamanca y Ciudad Rodrigo, lo que motivó la intervención de la Corona, una lucha que se saldó a favor de la Catedral de la capital, que siguió percibiendo ingentes rentas de las propiedades en Villares de Yeltes.
Pero el castillo de Villares de Yeltes, como muchos otros de la provincia salmantina, alberga también una curiosa historia, protagonizada por uno de sus señores, Antón de Paz, un personaje peculiar que fue corregidor de Ciudad Rodrigo hasta 1475. Tras participar activamente en las disputas nobiliarias de los bandos en la capital charra, poco después secuestra a doña Elena de Ocampo cuando regresaba a su casa de Tamames. Según cuentan las crónicas, «ayudado por cierta gente armada, toma presa a aquélla y la lleva a su heredad de los Villares. Pecando, tal vez de exceso de imaginación, podemos ver a doña Elena recluida en el castillo de Villares».

El Cubo de Don Sancho: atípica prisión para un infante medieval mudo
Junto a la iglesia parroquial de El Cubo de Don Sancho, emplazado en el centro de una localidad a caballo entre las comarcas de Vitigudino, Campo Charro y Ciudad Rodrigo, este torreón tiene un origen desconocido. En el siglo XI, la repoblación cristiana llevada a cabo en la provincia de Salamanca con habitantes del norte otorga vida a este lugar que poco a poco fue haciéndose un hueco. Esta peculiar ubicación en tierra de nadie propició una aparente tranquilidad, por lo que no fue hasta ya casi finales del siglo XIV o principios del siglo XV cuando surge el torreón.
Según la tradición oral, en esta torre en forma de cubo estuvo preso el infante don Sancho, quien pasaría a la Historia como Sancho IV de Castilla, hijo de Alfonso X ‘El Sabio’. Al parecer, este rebelde infante apoyado en ocasiones por sus hermanos Pedro y Juan habría recibido un escarmiento con su encierro forzoso en esta torre, y de ahí que la historia se transmitiese de generación en generación hasta nuestros días.
Sin embargo, la investigación de Ramón Grande del Brío acerca de la historia de esta localidad, reflejada en un detallado libro, señala que el nombre de El Cubo ya aparece recogido en documentos del arcediano de Ledesma del año 1260. En estos escritos todavía no se menciona la coletilla ‘de Don Sancho’, por lo que este hecho, unido al estudio que data la construcción de esta fortaleza entre los siglos XIV y XV desmonta la tradición popular referente a Sancho IV, fallecido en 1295 y llamado ‘El Bravo’, apelativo que ganó como consecuencia de sus continuas disputas fraticidas por el reino de Castilla con su padre Alfonso X.
El Cubo toma su apellido siglos después procedente de otro Sancho y que parece estar relacionado con la torre medieval erigida en homenaje al que fuera uno de los primeros señores del condado de Ledesma, el infante Sancho ‘el Mudo’, fruto de las relaciones extramatrimoniales del rey Alfonso XI con doña Leonor Núñez de Guzmán y que murió en 1343 a la edad de doce años. También se habla en esta versión de un encierro forzoso de este infante, aunque lo único cierto que queda al fin y al cabo es la estrecha relación de esta construcción con la localidad a la que ha dado nombre hasta nuestros días.

Calzada de Don Diego: torreón ladrillado en tierras de realengo
El origen de esta magnífica torre de ladrillo, con ventanas y saeteras, coronada de almenas, es dudoso. A menudo se suele confundir en los escritos con el antiguo castillo de forma trapezoidal situado en el núcleo principal de población de Calzada de Don Diego, del que sólo quedan los restos de una torre junto a lo que hoy es la autovía de Castilla que va desde Salamanca hasta Ciudad Rodrigo. Pero la finca El Tejado se encuentra a varios kilómetros de la localidad, en pleno llano de lo que puede comenzar a considerarse como Campo Charro.
Pero, ¿por qué construir un castillo en una zona totalmente llana, sin aparentemente funciones militares, en terrenos de nadie cuando se estaba en plena repoblación cristiana y los grandes concejos salmantinos como Ledesma, Alba de Tormes, Béjar y Ciudad Rodrigo podían considerarse todavía como meros gérmenes? ¿Por qué edificar este torreón cuando los principales esfuerzos de la Corona se centraban en las Sierras de Francia y Béjar, estableciendo una línea de defensa contra los ataques de los musulmanes tras haberse establecido una frontera estable?
Los castillos nunca son una obra aleatoria sin motivo y su construcción se debe siempre a circunstancias políticas, económicas, sociales y geográficas. Entonces, esta zona ya tenía cierta relevancia dentro de la recaudación anual del Obispado salmantino con una cantidad de maravedíes a pagar en función de su respectivo potencial demográfico y económico, formando parte de un concejo menor que tenía como epicentro a Matilla de los Caños. Tal era la importancia otorgada a este territorio que en el siglo XV, cuando esta localidad se denomina El Texado, un término ya más cercano al actual, fue objeto de deseo de un usurpador, el caballero Gómez de Benavides, quien se hizo con los pequeños concejos de San Muñoz, Vecinos y Matilla de los Caños, engrandeciendo estos núcleos en detrimento de aldehuelas próximas que despoblaba.

Ledesma: fortaleza para ejercer el poder fiscal
Conocido popularmente con el nombre de La Fortaleza, su forma actual se erigió en el siglo XV sobre otra anterior del siglo XII que mandó construir Fernando II de León. Y es que hasta el año 1161, Ledesma no era más que una aldea que, junto con todo el término circundante, estaba integrada en el alfoz de Salamanca desde la repoblación de la capital. Sin embargo, su situación estratégica a orillas del río Tormes, con sus cuarenta metros de foso, y su fácil defensa, facilitó la llegada a esta villa de gentes venidas del norte y mozárabes del sur.
Pero lo más importante, Ledesma era el eje de la comunicación entre los territorios del norte y este del reino de León, pues se entrecruzaban seis vías pecuarias, algunas utilizadas como calzadas: la Colada de Fermoselle, el Cordel de Almeida, el Cordel de Ciudad Rodrigo, la Vereda de Asmesnal, la Vereda de Peñalvo y la Colada de Doñinos de Ledesma.
Por tanto, el castillo ejerció una importante labor fiscal, ya que se cobraba por los derechos de portazgo, es decir, una cuota establecida por atravesar el puente de la villa al formar parte de las antiguas cañadas de la Mesta. Así se recoge en el Fuero de Ledesma. El alejamiento geográfico de las batallas con los musulmanes y los portugueses otorgó una época de esplendor a Ledesma, codiciada villa perteneciente a la Corona, que la cedió en numerosas ocasiones a los nobles mediante trueques por el dominio sobre otras localidades castellanas y extremeñas, llegando finalmente a finales del siglo XV a manos de Beltrán de la Cueva, duque de Alburquerque y el favorito de Enrique IV, cuyos descendientes fueron nombrados condes de Ledesma y dieron estabilidad a la posesión del castillo hasta la disolución del régimen señorial en el siglo XIX.

Topas: refugio palaciego para los amantes
Conocido como el Castillo de Buen Amor, fue en un principio una fortaleza vigía durante la repoblación medieval, pero erróneamente se cree que la denominación se debe a los amoríos del Arzobispo de Santiago, don Alonso de Fonseca, con doña María de Ulloa. Estudios recientes han revelado que fue su homónimo don Alonso de Fonseca Quijada, primo del arzobispo y a la vez prelado de Cuenca, Ávila y Osma, el que transformó el castillo en palacio para pasar sus días con doña Teresa de las Cuevas, con quien procreó cuatro hijos.
Después de un largo periplo de trueques, el Castillo del Buen Amor inicia su andadura como refugio de la mano de su nuevo dueño. Es entonces cuando se convierte en vivienda particular tras una ardua reconstrucción con motivo de la pérdida de su función defensiva. La edificación se centra entonces en una estructura palaciega, muy común en Castilla y León desde la segunda mitad del siglo XV, cuando las fortalezas asumieron al papel de residencia de la nobleza, aglomerando intramuros todas las comodidades propias de los grandes señores, con amplias salas, bastos comedores, detalladas chimeneas y lujosas habitaciones, con reminiscencias mudéjares en la sillería, techos de madera y coloreados azulejos y relieves.
De talante recio pero elegante, sobrio pero altivo, rodeado de un pulmón verde que dota a esta fortaleza, aún más si cabe, de un peculiar espíritu evocador del pasado, haciendo que el visitante casi pueda respirar el aroma de esa intrahistoria palaciega que convive con los grandes reyes y nobles.

Cantalapiedra: castigo por el apoyo a la Beltraneja
Las intrigas palaciegas en la disputa por el poder no entienden de parentesco ni amistad. Cuántas familias nobiliarias derramaron sangre a lo largo de la Historia de España durante los siglos de la Reconquista, en pos de los tronos de Castilla, León y Aragón. Cual piezas de ajedrez, los concejos y sus respectivas fortalezas cobraron un progresivo protagonismo como bazas de ataque y repliegue en el transcurso de las efímeras contiendas fratricidas.
Las tierras de lo que hoy es la provincia de Salamanca, como zona fronteriza con Portugal y el sur de la Península durante el avance hacia posiciones árabes, estuvo repleta de castillos, fuertes y torreones, gozando cientos de años de localidades amuralladas que nada tenían que envidiar a las grandes capitales. Sin embargo, el apoyo a un bando u otro tenía su precio para el perdedor: la destrucción. Así ha ocurrido con decenas de fortalezas charras que perecieron a los avatares del destino y apenas sobreviven escasos restos.
Castilla y León no estuvieron siempre unidos. La enemistad entre ambos afectó de lleno a la provincia charra, cuya zona esta quedada literalmente partida por una frontera junto al límite natural que supone el río Tormes. Como plaza fuerte opuesta a Madrigal y Medina, la villa de Cantalapiedra ocupó en la Edad Media singular posición. Tal era su importancia concejil que tenía su propio Fuero, un código jurídico normativo que regía a los habitantes de intramuros y arrabales que vivían en esta localidad colindante a Zamora, Valladolid y Ávila. Incluso durante el siglo XIII fue Cámara Episcopal y en 1422, don Sancho de Castilla, obispo de Salamanca, trasladó hasta allí la sede episcopal, haciendo Catedral a la iglesia parroquial de Santa María del Castillo.
Fernando el Católico recuperaba Toro en 1476, mientras los caudillos de su esposa Isabel ganaban las villas y sus respectivas fortalezas de los magnates valedores de Juana la Beltraneja, entre ellas Cantalapiedra. Aunque no fue fácil para los Reyes Católicos hacerse con esta villa, pues según consta en los escritos históricos el propio monarca Fernando estuvo en Cantalapiedra varias ocasiones asediando la villa con un campamento junto a la muralla, hasta que después de dos cercos, la ganó en 1477, dándose a partido su guarnición. Fruto de esta resistencia y del apoyo a la Beltraneja, los Reyes Católicos castigaron a la villa mandando derribar su castillo y murallas, cegar las cavas y otras defensas. Desde entonces, sólo quedó en pie una maltrecha Torre del Deán como recuerdo de la imponente muralla que rodeó a Cantalapiedra durante siglos y del castillo adosado a la iglesia que centró sus dominios.
 Salamanca24horas.com

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