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sábado, 4 de diciembre de 2010

La Ruta de los Castillos (III): fortificaciones de la frontera con Portugal
Repaso en una pequeña serie de cuatro capítulos los entresijos de los testigos mudos de la historia que todavía permanecen en pie en la provincia charra
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El tercer capítulo de este recorrido por los castillos y fortalezas de la provincia de Salamanca nos conduce hasta la frontera con Portugal, compuesta por Ciudad Rodrigo, La Alberguería de Argañán, Aldea del Obispo, San Felices de los Gallegos y Sobradillo.
La frontera entre España y Portugal siempre fue una zona estratégica. Durante siglos, los diferentes mandatarios a ambos lados de ‘La Raya’ han considerado el oeste de lo que hoy es la provincia de Salamanca como una privilegiada almena rebosante de poder, de ahí que sus castillos y fortalezas hayan sido objeto de numerosas disputas por el control de este jugoso territorio, deliciosos pasteles endulzados de litigios y rivalidad que concedieron al poniente charro un peculiar recorrido por una serpenteante senda de asedios, conquistas y posesiones.

Ciudad Rodrigo: irreductible alcázar frente a los asedios
Desde que el hombre es hombre, anhela alcanzar el poder. La Historia de España se compone por un conglomerado de convulsas épocas donde unos pocos quisieron abarcar mucho. Nobles y reyes batallaron hasta la saciedad por hacerse con el control de los concejos más fructíferos y prósperos, sobre todo en el territorio que hoy conocemos como Castilla y León. Como muestra de ese poder, los castillos se erigieron en enclaves estratégicos, dominando amplios valles y escarpadas cumbres, pero su visibilidad, que por un lado infundía respeto hacia quienes pensaran en una rebelión, también se antojaba como un acaramelado dulce que degustar.
Un ejemplo claro es el castillo de Ciudad Rodrigo, situado en la parte más alta de la vieja Miróbriga, vigilando el fluir del río Águeda y defendiendo la entrada del puente desde Portugal, de cuya frontera dista tan sólo unos 30 kilómetros. En 1142 se había conquistado definitivamente Coria, que constituía la posición andalusí más avanzada de la frontera occidental, un punto clave en el que la vía Dalmacia desembocaba en el llano tras cruzar la Sierra de Gata. Debido a su posición en la confluencia de dos calzadas cuyas funciones se vieron revitalizadas, Ciudad Rodrigo se erigió entonces como el principal baluarte frente a Portugal y el segundo y definitivo eslabón en la estructura defensiva frente a las incursiones almohades.
El carácter bélico fue su primera seña de identidad. Los combates entre castellanos y leoneses, contra los portugueses y frente a las incursiones árabes, fueron una tónica constante frente a las conspiraciones nobiliarias, turbulentas rebeliones y programadas algarabías, que pasaron factura sobre la estructura de este imponente alcázar sobre el río Águeda. Pero el rey Enrique II de Trastamara, a quien el castillo mirobrigense debe hoy su nombre, lo reconstruye en 1372. El castillo transforma entonces su función, pasando a residencia palaciega que atemoriza al pueblo.
Pero las intrigas y rebeliones no abandonan al castillo de Ciudad Rodrigo, del lado de la causa imperial durante el alzamiento de los Comuneros, o al acecho de portugueses y nobles con ansias de dominación de este enclave fronterizo. Toda una osadía para quienes planearan evitar la propia protección natural que supone el amplio foso del Águeda y  sus altos muros. Soberbia plataforma para humillar al atrevido.

La Alberguería de Argañán: resistencia numantina a la sublevación de Portugal
La Historia también se escribe con nombres en minúscula que arriesgaron sus vidas por defender sus tierras. Héroes anónimos que alzaron su voz contra el yugo de la dominación por parte de quienes siempre anhelaron el poder a cualquier precio. Pequeños pueblos fueron en su día capaces de aguantar el acecho bélico de ejércitos más poderosos y mejor preparados, cual épica resistencia numantina de un ratón frente a un dios. Para lograr tal hazaña, los castillos y fortalezas, en algunos casos inexpugnables, jugaron un papel determinante para alzar los brazos del pequeño como vencedor, ínfimos David que pudieron dominar a engreídos Goliat. En la provincia de Salamanca hay varios ejemplos reseñables como el castillo de La Alberguería de Argañán.
Por su ubicación en la frontera lusa, este castillo fue durante siglos constante objeto de contiendas bélicas, de ahí que su finalidad fuera militar, formando una línea defensiva en el oeste de los reinos de León y Castilla frente a la continua sublevación de Portugal, dentro de un convulso periodo donde las fronteras eran tan movedizas como las arenas del desierto. Pero si por algo sobresale este castillo es por su resistencia numantina frente al alzamiento de Portugal a mediados del siglo XVII.
Pero, ironías del destino, las piedras que se habían salvado durante siglos de constantes contiendas bélicas sucumbieron ante la feroz naturaleza. En febrero de 1665, un violento temporal de lluvias arruinó buena parte de las fortalezas de la Raya de Castilla y Extremadura, causando importantes destrozos en el castillo. Desde entonces, al consolidarse la frontera con Portugal y perder su importancia estratégica, esta fortaleza se convirtió progresivamente en pasto del olvido, empleándose gran parte de sus piedras en la construcción de las viviendas de la localidad, como ha sucedido en otros muchos castillos de la provincia de Salamanca.

Aldea del Obispo: baluarte militar en la frontera lusa
La Historia de Salamanca también se escribe con la sangre de aquellas personas que lucharon por defender un territorio en épocas convulsas. Desde la Edad Media hasta hace apenas dos siglos, la provincia charra fue campo de batalla, escenario de épicas confrontaciones y atril de quienes pelearon por la libertad. En esta constante estrategia militar de los monarcas castellanos y leoneses, primero, y españoles, después, los castillos y fortalezas ocuparon un lugar privilegiado. El Fuerte de la Concepción en Aldea del Obispo es un claro ejemplo de ello, baluarte militar en la frontera con Portugal.
Situado a las fueras de la localidad mirobrigense, la evolución de este fuerte es directamente proporcional a los avatares bélicos, pues surgió durante la independencia de Portugal y se destruyó años después, volvió a levantarse durante la Guerra de Sucesión, pero se dinamitó un siglo después con motivo de la Guerra de la Independencia.
Desde entonces, la fortaleza de Aldea del Obispo ha sido pasto del olvido, y nunca mejor dicho, porque las salas que fueron derribadas se han utilizado hasta la fecha como establos para el ganado, y el patio de armas y los alrededores como zona de pastos. Tal vez este uso ha facilitado la conservación prácticamente intacta de un armónico y simétrico perímetro cuya total dimensión sólo puede apreciarse desde el aire. No obstante, también ha servido de cantera gratuita para los vecinos de la comarca de Argañán, un hecho que se repite en muchos castillos de la provincia de Salamanca cuando pasa su época de esplendor y sólo las ruinas son los habituales compañeros de estos testigos mudos de la historia con letras mayúsculas.

San Felices de los Gallegos: posada de Reyes de España y Portugal
Fue un claro ejemplo del afán dominador que siempre albergaron reyes y nobles y, por tanto, su granítico castillo rebosa anécdotas por cada una de las miles de piedras que lo componen, más si cabe al haber sido posada de personajes de alta alcurnia que protagonizaron algunos de los pasajes más importantes en la Historia de España a partir de la repoblación iniciada en el siglo XII por el rey leonés Fernando II, otorgando a esta villa un interés defensivo ante los vecinos lusos. Un devenir que la fortuna o el destino quisieron conservar en múltiples escritos que se han sucedido época tras época, llegando a un perfecto estado de conservación para el disfrute y admiración de generaciones venideras.
Precisamente esta localidad protagoniza un episodio de su boda con Isabel de Aragón, quien pasaría a la posteridad como Santa Isabel de Portugal, al recibir su llegada para contraer nupcias con el monarca luso en Trancoso fruto de un matrimonio de conveniencia sellado con Pedro III para que su hija, de apenas 12 años, fuera la moneda de cambio que apaciguara los ánimos conquistadores de don Dionís en la codiciosa zona conocida como Riba de Coa.
Pero los designios cambiaron y la localidad retornó en el siglo XIV a manos castellanas, ocupando la atalaya fastuosos caballeros. Entre ellos destaca el conde don Sancho de Castilla, que dejaría viuda a doña Beatriz, infanta de Portugal. Encinta y apesadumbrada, quiso pasar sus últimos días en San Felices junto a su hija, Leonor de Castilla, de quien se decía que tenía cabellos como filos de oro. El castillo pasa a ser entonces una apacible y tranquila morada entre reinos, cuya parte superior se antoja como un indescriptible mirador desde donde otear los dilatados horizontes de Castilla y Portugal.

Sobradillo: la última visión de los ajusticiados
Durante siglos, los pueblos de la provincia de Salamanca han pertenecido a reyes y nobles que no dudaron en mostrarse despiadados para dominar bajo su yugo a los habitantes de villas y aldeas que buscaban un futuro mejor. La Edad Media y los primeros compases de la Edad Moderna fueron un claro ejemplo de esta cruel ostentación, ejercida desde sus fortificados pedestales. Los castillos, como símbolo de poder, albergan curiosas historias que milagrosamente sobreviven de generación en generación, como ocurre en Sobradillo.
Al contrario que otras fortalezas de la provincia, cuyos muros permanecen anónimos al paso del tiempo, el torreón de Sobradillo alberga un dato epigráfico junto a una ventana en ajimez. En un sillar granítico aparecen las armas de Alonso Rodríguez de Ledesma y Ocampo, señor de esta localidad a finales del siglo XV. Y es precisamente esta ventana de doble bordura camponada, en cuyo interior se advierten ocho lunas menguantes adosadas y cuatro torres de ajedrez, la protagonista de la historia del castillo de Sobradillo, pues desde ella se divisa el Sierro de la Horca.
Según cuenta el saber popular, hasta no hace mucho tiempo existía en dicho lugar una piedra grande y redonda con un agujero en el medio. La razón, muy sencilla. Allí se clavaba un palo para colgar a los condenados a la horca, pena que los señores imponían a sus vasallos infieles.  Y siguiendo un ritual para quienes se encomendaban  al destino del más allá, antes de la ejecución miraban hacia dicha ventana en ajimez del castillo, la más palaciega de todas, desde donde los señores daban la señal para iniciar el ahorcamiento o la absolución del reo, cual emperadores romanos administrando justicia en el circo para los gladiadores vencidos y los cristianos perseguidos por leones.
Salamanca24horas.com
Fecha: 12 de julio de 2010
Autor: Raúl Martín.

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