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martes, 25 de noviembre de 2014

LA PEÑA DE FRANCIA: LA MONTAÑA MÁGICA.

Una de las grandes riquezas de nuestra provincia está en su variedad de comarcas, con paisajes, gastronomía y arte que diferencian a unas de otras y que SALAMANCA rtv AL DIA recorrerá cada semana.
Llegando a la Sierra de Francia, el viajero rápidamente distingue el inconfundible perfil de este macizo rocoso, de 1.783 metros de altura. En su cima se levanta un santuario dominico, que acoge a la Virgen Morena, patrona de la provincia salmantina. Una hospedería, varios miradores y una torre de comunicaciones completan el conjunto.
El topónimo Francia está relacionado con la repoblación medieval de estos parajes con gentes venidas de lejanas tierras. Según una leyenda, fue un estudiante francés, Simón Vela, quien encontró en una gruta la figura de la Virgen en 1434. En honor de ella tiene lugar una romería el 8 de septiembre. Una carretera sinuosa lleva hasta lo alto, dejando atrás masas de robles y pinos. Es muy recomendable subir hasta allí y dejar que la vista se pierda en el horizonte, hasta divisar las tierras extremeñas. Entre cortados y miradores, no es raro encontrarse con ejemplares de cabra montés, dueñas de estos riscos.
Una ascensión iniciática
Dice Antonio Colinas: Cuando escribo esta página es quizá el mejor momento para entrar en comunicación con ese espacio especial que es la Peña de Francia: los robles han llegado a la plenitud de su coloración y, entre ellos y los esbeltos pinos, los helechos adquieren esa tonalidad encendida del bronce o del rojo ardorosos que le proporcionan al viajero que asciende una experiencia imborrable: sin más vamos ascendiendo hacia otra realidad.
Tiene mucho de vía con sorpresas, de ascensión iniciática, la subida hacia esta cima rocosa que, ya desde la distancia, reclama nuestra atención por su aguda forma de seno. Sin duda, la Peña es un lugar sagrado ya desde los orígenes de los tiempos; sin duda, ya antes de la cristianización e incluso de la romanización (muy cerca las minas de El Cabaco), éste era un lugar emblemático para los moradores de sus aledaños, precisamente por esa facilidad con la que el monte nos permite comunicarnos con lo que se halla arriba, con lo celeste, con lo que se desconoce. Y en la ascensión está precisamente, sin más, la iniciación.
Ya vemos cómo hablar de la Peña de Francia, de esta especie de omphalos (u “ombligo del mundo”), lleva consigo no ignorar cuanto este monte nos ofrece en sus alrededores: el inconfundible pueblo de La Alberca, el monasterio de Batuecas (a su vez, en sus alrededores, arroyo arriba, hay esas grutas con pinturas rupestres que nos hablan de los orígenes remotos que subrayábamos), las ruinas de la Casa Baja, Santa María de Gracia, el Zarzoso o lo que el poeta José Luis Puerto ha llamado, en su espléndida Guía de la Sierra de Francia –no en vano él nació y formó estéticamente su mirada aquí–, “los conventos perdidos”; esos lugares más apartados e ignorados, sólo leves restos ya, en los que sin embargo estos parajes serranos le siguen ofreciendo al hombre desnortado de nuestros días no pocos secretos, no pocos momentos de plenitud, los que nos permiten rozar la felicidad y recuperar la lúcida consciencia.
Otra realidad
Lugar, pues, sagrado por excelencia el de esa cima que llega a los 1700 metros de altitud. Desde allá arriba –al margen de esa sensación de estar, gracias al santuario, muy cerca de lo sagrado– la sorpresa mayor es la que asalta a nuestras miradas, cuando éstas se pierden en espacios que Giacomo Leopardi, el poeta romántico italiano, reconocería como de infinitud. Hacia donde quiera que la mirada vuele, hacia cualquiera de los cuatro puntos cardinales, nuestros ojos entran en contacto con esas lejanías y horizontes de cabrilleos y de reverberaciones, en las que, según el día y la climatología, se nos revelan sensaciones que aquí, y sólo aquí, se pueden dar. Hay por tanto allá arriba, además de esa presencia de lo sagrado en el santuario mariano, un diálogo con lo infinito que la contemplación nos ofrece de la más rotunda y caudalosa de las maneras.
He hablado de ese momento ideal del otoño pleno para ascender a la Peña de Francia, pero recuerdo también otro día muy especial de ascensión a esta cima: el de un día borrascoso de invierno. Subíamos con cuidado, entre la nevada incipiente, sin saber que, ya estando arriba, se desencadenaría una borrasca de viento y nevisca que nos sacó de nosotros mismos y que nos condujo, ahora sí, a otra realidad. Se habían helado de golpe los escalones del santuario, pero pudimos llegar hasta el interior del mismo y gozar doblemente de esa sensación de reparo y calor que siempre llevan consigo estos lugares. Se calmó luego la tormenta y pudimos descender, sin demasiada nieve aún en la carretera, en medio de una atmósfera de alucinados blancores sin fin.
Pero lo normal es que la ascensión a la Peña de Francia vaya acompañada del buen tiempo y de la claridad de la luz, de tal manera que la contemplación de los horizontes sea extremadamente dilatada y placentera. Allí arriba nos demoramos, gozamos del sol y de su luz, y pasa por nuestra cabeza el no querer regresar a ese mundo de los humanos, con sus problemas y tensiones, que abajo vela el paisaje azulado, las masas de pinares y robledos, los valles suaves o profundos. Quisiéramos demorar por siempre esa sensación de plenitud que nos concede la altura, la respiración del aire purísimo y la contemplación. Pero sabemos que, abajo, esta tierra nos espera aún no con sus problemas y tensiones, sino precisamente con sus secretos aún no desvelados.
Lugar de secretos
Ya dirijamos luego nuestros pasos hacia Batuecas y las Hurdes, ya descendamos entre nuevos robles encendidos hacia la hondonada de Mogarraz, ya avancemos hacia las sorpresas de otra sierra, la de Gata, siempre va con nosotros esa sensación de infinitud que nos fue comunicada allá arriba, en la cumbre rocosa. Es, por ello, la visita a la Peña de Francia, como el preludio de esa otra visita mucho más variada y compleja a los distintos lugares de la sierra o las sierras. Supone la visita a este lugar ponernos en contacto con una ruta de rutas, con un sendero –ese que también podemos seguir a pie, al margen de la carretera– que lleva a otros senderos borgianos que, a su vez, se bifurcan.
La ascensión a la Peña de Francia nos equilibra, nos lleva a la armonía a través de la plenitud que ha supuesto la ascensión y la contemplación. Luego, ya serenados, viene el descenso, ahora entre la luz roja del ocaso que filtran los ramajes encendidos, los helechos de verdeoro. Más tarde, esos momentos de consciencia que arriba hemos vivido, nos han preparado para entrar de manera más clara y más limpia en la verdad de esta tierra que, a su vez, se nos entrega en otras evidencias que nos remiten a la indumentaria y al teatro popular, a la arquitectura genuina y una gastronomía peculiar.

Visitar, pues, la Peña de Francia supone una iniciación que raramente se da al contacto con otros lugares o paisajes emblemáticos. Visita que sorprende siempre extraordinariamente al viajero que llega a ella por vez primera. Es un lugar rodeado de secretos. Y lo tenemos ahí, tan cerca, en estos tiempos de confusión y de ruidos sin fin, con sus silencios que hablan y que nos hablan. 

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