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domingo, 21 de diciembre de 2014

El leñador y el árbol de Navidad
MITOS Y LEYENDAS DE SALAMANCA
Raúl Martín 20 de diciembre de 2014

SALAMANCA24HORAS rescata del olvido nuevos relatos sobre los mitos, leyendas e historias prodigiosas de la tradición salmantina. Desde los albores de los tiempos, el ser humano ha tratado de ofrecer una coherente explicación a cada uno de los elementos que interfieren en este planeta llamado Tierra. Sin embargo, no siempre puede encontrar un motivo racional. Es ahí donde entra el folclore, impregnado de misticismo y fantasía, historias transmitidas en el serano, a la luz de la hipnotizadora lumbre
Hubo un tiempo en que la fe católica necesitaba más hechos que creencias para su expansión por toda Europa, cuando el hombre se guiaba por el temor a lo desconocido, desdeñando el empirismo racional que poco a poco se ha ido imponiendo en el devenir de los tiempos. Durante la Edad Media comenzaron a surgir por doquier restos humanos de protagonistas durante la vida de Jesús de Nazaret o de materiales relacionados directa o indirectamente con Cristo, las denominadas reliquias, objetos expuestos para su veneración que servían como incentivo a las creencias del populacho. Es el caso de los pastores de Belén, cuyos restos se guardan en Ledesma. Pero, al mismo tiempo, el vulgo se aferró a las tradiciones paganas para elaborar una serie de elementos añadidos a la celebración navideña. Así surgieron los belenes, los regalos de los Reyes Magos y el árbol de Navidad, este último protagonista de un relato transmitido de generación en generación en la provincia de Salamanca.
Cuenta la leyenda que un 24 de diciembre un leñador salió en busca de materia prima entre los frondosos bosques de lo que hoy es el sur de la provincia charra. El invierno había entrado con fuerza y las heladas eran constantes. Por eso necesitaba robusta leña con que llenar el cobertizo para que su familia pasara confortable y caliente la estación más dura del año.
La noche anterior había nevado, por lo que al amanecer el buen hombre se encontró una espesa capa que otorgaba al bosque una angelical alfombra. Aun así, decidió salir en busca de leña, pues ya se le estaban agotando las existencias. Con más esfuerzo de lo habitual, recopiló unas buenas ramas que bien arderían en su chimenea. Pero el cansancio se fue acumulando y las horas pasaron como el viento que ya se había llevado todas las hojas del otoño.
Comenzó a anochecer cuando el leñador se encontraba todavía en el bosque. Quería llegar a tiempo para cenar, pero el amplio cargamento cosechado le impedía avanzar con celeridad. Para reponer fuerzas, se sentó unos instantes a la vera de un pequeño abeto. Alzó la vista y contempló la inmensidad de un cielo estrellado. Maravillado por el espectáculo, recobró el aliento y se levantó de un brinco para continuar el camino de regreso a casa. Sin embargo, antes de partir algo le sobresaltó. El pequeño abeto relucía. Parecía como si las estrellas hubieran descendido para posarse sobre sus ramas. El leñador decidió llevarse tan singular árbol a su casa, donde fue colocado junto a la mesa en que se desarrolló la cena de Nochebuena. La casa brillaba como nunca antes lo había hecho.
Al ver que encajaba perfectamente como decoración del tradicional belén, desde entonces cada año, al llegar la Navidad, el leñador salía en busca de un pequeño abeto, pero no volvió a encontrar aquel estrellado ejemplar, por lo que en su recuerdo fabricó unas brillantes bolas de metal que repartía por las ramas para rememorar el original árbol de Navidad.

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